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Comer con conciencia

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articulo_comida_3Es más que conocida la frase “somos lo que comemos” que -aunque lógica y sensata- a la hora de saber qué tenemos que hacer para mejorar la forma en la que nos alimentamos no nos suele resultar fácil de aplicar a nuestra realidad. Por eso en el tema de las dietas y la alimentación solemos sentirnos confundidos o  creyendo que la cuestión ya está resuelta y que bastará con elegir los productos que se promocionan como saludables en las góndolas de los super mercados. Así, ingenuamente y con la mejor de las intenciones, habitualmente creemos que estamos haciendo las cosas del todo bien sin darnos cuenta que tenemos que volver a pensar casi todo lo que nos han enseñado.

Los animales no humanos se alimentan únicamente de los nutrientes que les brinda su medio ambiente, comen lo que necesitan para sobrevivir, que es solo aquello para lo que sus organismos verdaderamente están preparados; prácticamente no eligen qué comer ya que se guían por su instinto, excepto si viven muy cerca de los humanos,  en cuyo caso suelen consumir también alimentos perjudiciales para su salud.

Para quienes pueden acceder al mercado de consumo, hoy en día la oferta de productos es muy variada, no solo contamos con alimentos naturales,  sino también con los industrializados. A esta lista, se agregan otros alimentos que -gracias a la globalización- son intercambiados entre distintas culturas. El resultado es que ya casi comemos cualquier cosa, aún los productos que son francamente tóxicos o que no tienen nutrientes pero nos resultan atractivos por sus formas y colores, muy bien estudiados por los fabricantes. De esta forma, poco a poco hemos ido aprendiendo a comer por motivaciones muy distintas al hambre.

Somos influidos permanentemente por nuestra cultura, por eso un alimento se pone de moda y se publicita como la panacea que todo lo resuelve, incluso hasta es apoyado por la medicina tradicional en los medios de comunicación. Luego ese mismo alimento es reemplazado por otro que resulta ser “muchísimo mejor” y que defenestra al anterior. El resultado: algo que comemos un día, al siguiente puede ser lo peor que podemos consumir.

Afortunadamente, a lo largo de la historia muchos hombres se han atrevido a desafiar las costumbres alimentarias de su tiempo y cultura, experimentando incluso consigo mismos, hasta descubrir formas distintas de alimentación. Por eso hoy contamos con una gran cantidad de propuestas nutricionales de diferentes clases, que además de tener en sí el potencial de ayudarnos, pueden también aumentar la confusión que ya tenemos. macrobiótica, dietas vegetarianas, veganismo, frugivorismo, dietas basadas en la cocina en crudo, etc.

¿Cómo hacer para elegir aquello que será mejor para nosotros? En este tema, como en todos los demás que tenemos que resolver, las cosas nos llevan a investigar por nuestra cuenta, con toda la dificultad que puede implica no ser expertos en el tema.

Algunas ideas para pensar por el camino:

  • Es preciso tomar una actitud que vaya desde la  desde la pasividad hacia la decisión conciente.
  • Tenemos que “auto autorizarnos” a ser libres de explorar, preguntar y probar, ya que de esta forma sabremos porqué tendremos que aceptar  algunas reglas, pero conoceremos también las razones por las que luego tendremos que abandonarlas si  luego nos parecen erradas.
  • Hay algunos signos muy concretos que nos pueden servir para chequear la forma en la que estamos comiendo y estos tienen que poder ser directamente observables para nosotros sin mediación de los demás. Observemos de cerca nuestros procesos de digestión, sueño y humor.  Aunque a veces estos signos no son suficientes para denotar que estamos completamente sanos, sí son necesarios para saber si estamos haciendo las cosas bien.
  • En la medida de lo posible, podemos informarnos acerca de los estudios que nos ordena el médico, es bueno intentar comprender qué dicen y para qué sirven los análisis clásicos de laboratorio y el resto de las investigaciones médicas a las que nos sometemos.
  • Los alimentos son substancias que, al igual que los remedios, nos pueden hacer bien y también mal.
  • No sirven las dietas planificadas en forma estandarizada: todos somos distintos y por eso también necesitamos alimentos diferentes. El criterio para elegir a un profesional que nos asesore tiene que correr en paralelo a su capacidad para escucharnos.
  • Seamos honestos con nosotros mismos y observemos la forma en la que comemos, evaluemos si comemos porque tenemos hambre o por ansiedad,  aburrimiento, o enojo; al darnos cuenta de lo que estamos haciendo, podremos hacer otras cosas mucho más productivas y efectivas con nuestras emociones difíciles.
  • Ser lógicos y prácticos: elegir los alimentos más simples, la variedad, los que se cultiven más cerca de nuestro lugar de residencia, los que se cultivan en la estación. De esta forma comeremos aquello que es mejor para nosotros y también para el planeta.
  • Comprar lo más posible alimentos que sean orgánicos, pueden ser más difíciles de conseguir y a veces un tanto más caros, aunque sin duda esta es una buena forma de invertir nuestro dinero: no solo no tienen tóxicos, sino que además tienen más nutrientes.
  • Como en todos los órdenes de la vida puede ser bueno escuchar a los demás. No lo hagamos creyendo en todo lo que dicen ya que es importante usar un filtro hecho con la información que ya tenemos, pero también no usarla para impedir la entrada de nuevos datos.
  • Si estamos conectados intuitivamente con nuestro cuerpo, lograremos  percibir qué alimentos nos caen mejor y también cuáles nos gustan más, probablemente esos sean los que tienen las sustancias que más necesitamos.
  • No tomarnos el tema con preocupación o con angustia -a menos que tengamos una enfermedad grave- tendremos tiempo para experimentar.
  • Estar atentos a la actitud que tomamos al hacer los cambios: muchas personas pasan de la predisposición flexible al cambio al aislamiento “fundamentalista” que los lleva hasta el aislamiento de no compartir comidas con los demás; esta puede ser la mejor vía para abandonar el camino por cansancio; mejor hacer como los juncos, que se doblan para no romperse.

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