Enseñarse a estar solo
¿Qué nos sugiere el estado de soledad? ¿Miedo? ¿Agrado? ¿Nos avergüenza estar solos en presencia de otros? ¿Tomamos frecuentemente la decisión de estar a solas? Una de las cuestiones que sugiere la frase “nacemos solos y morimos solos” es que nadie puede eludir la experiencia de ser “uno”; en esto, como en tantas otras cosas, atravesaremos por el desafío de aprender a ser capaces de disfrutar en lugar de padecer.
Inclusive desde las neurociencias hoy hemos comprobado que estamos diseñados cerebralmente para conectarnos y que las interacciones sociales son indispensables para nuestro desarrollo. Pero no obstante nuestra naturaleza social, el “ser” y el “pertenecer” suelen estar en contradicción.
¿Por qué algunos no pueden o no saben estar solos? Donald Winnicott, -psicoanalista inglés- precisó que la capacidad para estar solos se construye en un proceso: “[...] se basa en la experiencia de estar a solas en presencia de otra persona y que sin un grado suficiente de esa experiencia es imposible que se desarrolle…”. La capacidad de estar solos se construye sobre una paradoja: sabremos estar a solas si antes fuimos lo suficientemente acompañados.
Sin embargo, cuando esta capacidad no se ha desarrollado en nuestra infancia, hay otra alternativa: enseñarnos a nosotros mismos a estar solos, en una especie de autocrianza. Animarse a practicar periódicamente un “programa en soledad” como si fuera un laboratorio, creativamente, para ver qué nos sucede, qué descubrimos y qué sentimos.
La sana soledad reside en el punto de equilibrio móvil que se presenta entre el ser “uno” y el ser “con otros” y encontrarlo puede ser una tarea difícil por diferentas razones, veamos algunas.
El pensar sobre la soledad evoca al personaje del egoísta, aunque saber estar solos implique justo lo contrario: quienes saben tomarse el tiempo para sí, disponen de energía de sobra y sienten placer cuando pueden destinarla a los demás.
¿Cuántas malas relaciones establecemos movidos por la fantasía de sentirnos incompletos porque estamos circunstancialmente solos? ¿Cuántas malas elecciones de pareja, por ejemplo, se hacen en función de este miedo? El malentendido se genera al pensar que solos somos la mitad de otros, sin darnos cuenta que en realidad estamos enteros, bien enteros.
Si no hemos sido agresivos cuando comunicamos a los demás que necesitamos tiempo para nosotros, si no hemos sido egoístas, si no hemos descuidado a nadie para estar solos, tenemos el derecho de estar solos. ¿Cómo crear entonces estos espacios? Siendo creativos: si vivimos con otros, podemos levantarnos antes que ellos, o quedarnos despiertos cuando todos duermen o estar atentos a los huecos de tiempo que nos puede ofrecer nuestra vida cotidiana.
Otra opción puede ser programar un retiro, una especie de “auto retiro” en nuestro propio hogar, de forma tal que durante tiempo permanezcamos en silencio, meditando, viajando por nuestro mundo interior ¿Que es más que difícil hacer esto en nuestros tiempos? Es así, pero no olvidemos que todo cambio interior requiere de nuestro esfuerzo, un esfuerzo que no es mayor que el que nos puede insumir enojarnos con los demás y culparlos por que no nos dejan estar solos. ¿O no solemos hacer esto?
Saber aquietarnos nos da la oportunidad de percatarnos de pensamientos y sentimientos que existen debajo de nuestro ruido interno cotidiano: tan solo a partir de la inclusión de lo inadvertido podremos tomar decisiones inteligentes en los distintos planos de nuestra vida.
Thomas Merton, monje trapense y que vivió y transmitió su disfrute por la soledad, expresó: “Cuando la sociedad humana llena su verdadera función, las personas que la integran crecen cada vez más en su libertad individual y en su integridad personal. Y cuanto más cada individuo desarrolle y descubra los recursos secretos de su personalidad incomunicable, más contribuirá a la vida y al bienestar del todo. La soledad es tan necesaria para la sociedad como el silencio lo es para el lenguaje, el aire para los pulmones y el alimento para el cuerpo”
Lic. Fanny Libertun


